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Mi Perfil
Marcelo González Cantarero
San Juan - Argentina
Algo de mi…hummmm…difícil en general cualquier presentación suena a ficha (de empleo, policial, prontuario), me dedico a la docencia, trabajo con adolescentes, desde hace muy algunos años, y desde años mas a experimentar con las letras, sus imágenes, y mis experiencias, en frases…soy, tal vez, un escribidor nada mas, antes era un buen lector, el paso de los años me han convertido en casi un leedor, la rutina, mata cualquier luz creativa…me quedan las brazas y con ellas sobrevivo….me gusta el blog, es muy interesante…espero participar…si mi timidez, mi impertinencia, mi pusilanimidad, me lo permiten…
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La sonrisa
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Últimos comentarios de este Blog

06/12/07 | 16:14: Marcelo dice:
Gracias Liz, por tus palabras y por tu imaginación, porque eso es poesía… es el decir de lo árido, de lo agreste, de lo tórrido del zonda, de las cumbres mas fuertes eso es mi tierra, es un placer muy profundo que lo hayas “vivido” y ser parte de esa experiencia, es fantástico…en mi humilde tarea, mas si no conoces mi maravilloso terruño…que tienes que conocerlo…es mucho mas lindo, mas sublime, mas magnifico, que todas mis imágenes y palabras. De nuevo agradezco desde el fondo de mi alma tus palabras. Marcelo
05/12/07 | 16:57: liz dice:
Hola Marcelo. Nuevamente pude deleitarme con tus poemas, me encanta tu estilo. Me parece muy linda y llena de vida tu manera de decir, de describir con poesía en RITUAL MÁGICO. Y casi puedo ver esa "tu" tierra, que no tengo la dicha de conocer sino a través de imágenes. ¡Adelante!
27/11/07 | 16:22: Marcelo dice:
Hola Faby Gracias por tus palabras. Es cierto lo que dices sobre las críticas. Tengo mis propias críticas a las críticas, por eso aprendí que el escribir es un oficio del alma, que a veces es genial y otras es trivial, cursi, como quieras llamarlo, tampoco se tiene la obligación de ver “lo negro” siempre, eso es subjetivo, te pudo ir pésimo en la oficina, se te paso el colectivo, el portero del edificio te dice que no hay agua, hasta ahí tu humor es de perros, pero al entrar a tu hogar una tierna sonrisa de un ser amado o el simple cariño de tu mascota te “da vuelta la cabeza”, si eso es ser “meloso” si efectivamente soy muy, muy meloso, y estoy feliz con ello, sino se me haría la vida muy difícil. Y si, las letras son nuestras, sean las letras que sean, estoy de acuerdo que el realismo en demasía da miedo… es el periodismo amarillo… es el cotidiano del noticiero que nos muestra el cadáver del pobre tipo atropellado…es la sexualidad sin pudor…es la promiscuidad del poder…, pero a veces es bueno cuando se escribo algún ingrediente del mundo real, pero mezclo la magia de mi propio mundo en un mundo deseado o imaginado. Ignoro si el escritor real (yo no lo soy) crea mundos imaginados o de fantasías, en mi caso, si. En general me refugio en las bellas letras de los poetas o en la magia de mis mundos porque justamente me estimulan la imaginación, sean o no melosos, sinceramente me tiene completamente sin cuidado, es mi goce. De nuevo gracias por tus sabias palabras. Saludos Marcelo
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El Zonda de las Letras


En este Blog espero poder expresarme a través de mis letras, poesías, cuentos, frases libres, etc.
Espero que Uds. me lo permitan con su buena voluntad, que sepan comprender los errores y los aciertos.
Este espacio que me da la red es fantástico, de otro modo no tendría la posibilidad de expresarme y dar a conocer al mundo mis sentires, pronunciados en textos.
Fundamentalmente espero que sea un Blog de poesía.
Pero no excluyo los cuentos.
Ni los ensayos.
Ni las opiniones.
En fin, que sea un Blog de LITERATURA
Gracias,
El Naufrago



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La sonrisa



La sonrisa
Tarde tranquila. Apacible. El hombre, joven y solitario, parecía poseído por un vago sentimiento de abandono. No había prestado mucha atención, pasaban muchas personas por el andén, en un reflejo instantáneo vi la sonrisa dibujada en su cara, una luz muy bella se posaba sobre su mirada, era casi imperceptible. Lo observe casi en forma hipnótica. El nunca se dio cuenta.
Ya la estación era una evocación. Ignoraba donde estaría pero me suponía en un paraíso de encantadoras presencias de amor y deseo, una extraña paz de rumores silenciosos, auroras rojizas y azules, un mundo imaginario habitado por sus memorias, sus intimidades, por su tiempo pasado.
El hombre tenía una apariencia común, con modales adecuados. Casi no dirigía la palabra ni la mirada a nadie, sólo cuando era necesario. El tren llegó despacio como pidiendo permiso, con la parsimonia de la tarde rosa, de las tardes montañesas en los otoños cuyanos. Una melancolía inexplicable embargo todo el lugar. Profundas despedidas. Lagrimas de adolescentes enamorados. Viajantes solidarios, con ojos tristes, rostros sin expresión. Deambulaban con un apuro sin control, subían y bajaban, programados.
Subí sin mirar alrededor, sólo un recuerdo de aquel hombre me vino, de repente a mi conciente era como un otro que se interponía en mi paso cansado. Ni siquiera supe en que momento se sentó en la butaca de enfrente, daba al pasillo, justo al lado de la ventanilla, nos separaba, sólo unos pocos pasos, pero había un magnetismo extraño que me atraía. El viaje iba a ser largo me acomodé para dormir, para acortar la agonía de ver pasar postes y llanuras vacías, en una incomodidad intolerable, semejante a los viejos carruajes del siglo XVIII, únicamente los caballos cambiaban el paisaje, el resto era igual, me concentre en el panorama disperso, difícil y expresivo, había un murmullo generoso que no molestaba e invitaba a dormir.
Pronto se haría de noche.
Una somnolencia me invadió por unos instantes. Logre pegar los ojos durante una hora, me sobresalte al escuchar la voz crujiente del vendedor se sándwiches, lo insulte en silencio, creo que el tipo se dio cuenta y paso sin ofrecerme nada. Eran como las 9 de la noche y todo era un quilombo descomunal, madres que gritaban, chicos que lloraban, hombres que arreglaban el país con simples recetas aterradoras en donde ni ellos quedaban vivos, de colgados en la plaza, de ríos de sangre…, de la Europa hambrienta y apaleada, tantas veces escuché lo mismo, era una cinta tantas veces pasadas que no causaban efecto alguno, era el tronar de conciencias vacías, donde únicamente dominaba la impotencia, en esas madres, en esos chicos, en esos hombres, sólo impotencia…, mis compañeros de viaje eran gente común, se acomodaban en sus lugares, otros salían a tomar aire o a estirar las piernas, varios iban al baño. Muchos tenían el rostro demacrado. Otros no tenían rostro.
Sólo el hombre de la sonrisa parece feliz dentro de esa mediocridad, de esa chatura insoportable.
Comía despacio unas galletas dulces ordinarias, las saboreaba como si fueran la última cena. La cena de los condenados ó de los pobres. No tenía apuro.
No soportaba tanta paz, tanta serenidad, su felicidad era torturante, era desesperadamente fría.
Me hizo sentir un miserable. Lo era.
Pero en este momento más que nunca.
La noche se puso negra ámbar. Muchos dormían.
Yo me decidí a saber quien era.
La noche recién empezaba.
Mi vida también.
Sabia que no se podía fumar en los vagones, no porque estuviera prohibido, sino por un respeto estupido hacia los demás, pero no me importo y sin darme cuenta prendí en segundo cigarrillo del día. Fumaba por placer o por desesperación. Ahora lo hacia por desesperación. Por un momento me relajé y sólo me sentí, casi sin pensamiento pude ver a lo lejos las luces de un pueblo perdido en la inmensidad del campo. Ya habíamos pasado los montículos, sólo había pampa y soledad. El tren sólo se detuvo un momento. No bajo nadie. No subió nadie. Todo era decepcionante.
De pronto escuche una voz pausada que me pedía un cigarrillo.
No preste atención.
Pero la voz volvió a repetir la solicitud, sin levantar la vista, pase al etiqueta de rubios al hombre de la sonrisa extraña, ignoraba que fuera él pero una sospecha mal intencionada me hizo poner en guardia, tomo un cigarrillo y con buenos modales tomo un encendedor, lo prendió si avidez, dio una larga bocanada, lo disfrutaba, su aroma y el sabor del tabaco acre de los rubios. Es lo que sucede después de largo tiempo que no se lo prueba. Me devolvió el atado con unas palabras de agradecimiento y pidiéndome permiso para sentarse en la butaca vacía.
Había un exceso de educación, de cortesía ansiosa.
No tenía porque negarme y dije que sí con la cabeza, sin pronunciar palabras. Los dos fumábamos en un silencio paradójico. De pronto pregunto
— ¿Ud. va a la ciudad?
— Sí. Por negocios — no sé porque dije eso, pero me daba cierta seguridad. El tipo no se las creyó. No poseía la pinta del viajante.
— Mi nombre es Alberto Gómez. Me dedico al negocio inmobiliario. Preferentemente las estancias del lado oeste de la provincia. No son las mejores, pero es lo que hay.- Sus ojos brillaban con el fulgor apagado de tiempos mejores, de viejas heridas cerradas.
Me iba a presentar, pero un ensordecedor ruido me enmudeció, pasábamos a través de un túnel o de un puente, el estruendo daba la sensación de fin del mundo, fue un instante, suficiente como para saber apreciar la paz tranquilas de mis jornadas. Fumé despacio y me presente:
— Soy Enrique Domínguez, es un placer conocerlo señor Gómez.
Se lo ve un hombre tranquilo, la vida le debe sonreír, desborda una felicidad envidiable.- lo comente con una malicia infantil, la de los niños pequeños.
— Mire Domínguez – un tanto molesto se le sonrojo la cara, casi era cómico ver la nariz y los cachetes de aquel infeliz que había conquistado el paraíso de este infierno terrestre – no soy tan afortunado como parece, a lo largo de mi corta vida he aprendido a ser feliz con lo poco que tengo, sin pedir demasiado. Muchos han sido los desengaños que se fueron curtiendo en mi alma. Hubo un tiempo de esperanzas negras, con lágrimas de sangre, y ¿a quién le importo? Todos me miraron con una compasión mezquina, nadie me comprendió, ni quisieron comprenderme, todo fue un error al final del camino, pero no quise morir por lo demás, por desgracias ajenas, y algunas propias. Deje todo atrás y me dedique a revivir. A vivir.
Su tono era seguro, con la mirada ausente en el inmenso vacío de la noche que nos devoraba a través de las ventanillas, terminamos los cigarrillos. Él, primero, lo apago suavemente, desalentado, solo lo observe unos segundos y creí ver unas lagrimas perladas que caían de sus ojos negros, mas negros aún por el brillo del dolor.
— Parece más apesadumbrado cuando habla, Gómez, imaginaba una paz dura y bella, me decepciona un poco, no es fácil ver a la gente feliz, con el rostro flojo, regalando una sonrisa, es mas creí que usted era feliz. Que era la única persona feliz que había conocido. – mi voz se fue perdiendo en un murmullo y sonó dulce, lánguida entre las butacas dormidas y el traqueteo sutil el convoy, sus ojos se llenaron de una compasión inútil, de una bondad impresionable. Toque mis manos. Estaban húmedas. Y frías.
— No crea, soy feliz. Fui más dichoso antes cuando la disfrutaba con ella. Era muy dulce, muy hermosa, demasiado inteligente, pasa a veces, después aprendí a vivir sin sus ojos. Todo es asunto de tiempo. Ahora soy feliz de otra forma, sabe una cosas Domínguez nos venden una sola clase de bienestar, es como la forma de vida, o el status, no existe una sola forma, yo elegí una, esta me da resultado, si después me falla, cambio de felicidad y sigo siendo dichoso, me comprende Domínguez, de esta forma yo siempre tengo una esperanza. Un punto de partida para seguir creyendo, porque la vida es una montaña rusa, tiene muchas vueltas y nosotros sentaditos en la silla, mirando todo desencantado. Es así Domínguez.
Me desubico. No podía contestarle. Era un pragmatismo fatal. Casi nihilista. No daba cabida al optimismo. Tampoco dejaba ningún comentario. Lo mire perplejo.
— Puede ser, pero que queda después del sufrimiento disimulado, de los castigos resistidos, de los caminos inconclusos, de un tiempo ido y un mañana incierto, ¿qué queda? Únicamente llorar o mirar el mundo desde arriba, desde su sillita, mirar como los otros ríen y gozan, lo que nosotros no podemos gozar. Ciertamente podemos siempre volver a comenzar el sendero, siempre hay un momento, un nuevo punto de partida, donde separamos lo vivido de lo por vivir, no podemos ni debemos bajar los brazos, siempre hay un mañana, aunque no sea el que nosotros deseamos. No creo que podamos cambiar la felicidad, es aprender a vivir, supongo, que usted lo ha logrado a su manera, pero no es fácil desprenderse del sentir, aunque lo deseemos. A mi me cuesta superar los malos momentos, la rutina hartarte, los sueños incumplidos, los amores perdidos, las traiciones…esa es mi montaña rusa…
El tren retomo su marcha lenta a través de la pampa ancha, todavía quedaba mucho viaje y nos acomodamos para dormir.
No me contestó, y al rato se durmió como un bebé.
Yo no podía. Lo mire al rostro un par de veces, no se le iba de la cara la sonrisa. Era un dibujo.
Me dormí con tristeza.
Pronto saldría el sol.
Seria un nuevo día.
Un eco sordo, las exclamaciones persistentes, los rumores vagos, me despertaron. Era de madrugada. Muchos se quedaron en esa pequeña estación pueblera. Una lejana radio anunciaba insistentemente los valores de las divisas, nadie atendía, ni entendía. Tasas que bajaban. Dólares que subían. Inflación cero.
El frió del otoño nos daba en el rostro diverso en la alborada encarnada. No desayuné. Contemplaba en andén, a mis compañeros casuales de viaje y esa modorra pastosa de las mañanas en los viajes. Buenos Aires estaba ahí. No tenía que ir. Escapaba de los infiernos, chicos o grandes, siempre había sufrido el abandono de los afectos, la dicha de una vida común, mujer, trabajo, abnegaciones plausibles…incrustaciones sociales que resumen mi historia, la historia se resume a la historia de un hombre solo. Absolutamente nadie me estableció eso. Lo asumí. Así de simple. “Se sufre por decisión, por mandato y por que no queda otra”, pensé. Un buen día me harte de ser un mártir mundano. Y sólo anduve. Hasta hoy. No había nada que rescatar, ni siquiera los días pasados, en eso tenía razón Gómez, hay que buscar otra felicidad. Jamás hay un único camino.
En esta madrugada, desearía encontrar el otro, tal vez nunca pueda verlo. ¿Por qué no intentarlo? ¿Qué puedo perder?, me pregunté. Al final del corredor, todo esta jugado. Todo perdido.
Comenzamos a movernos. Gómez seguía durmiendo. Seguro que soñaba con su mundo, con felicidades diferentes, tranquilas, con calmas de vendavales, de cielos y abismos imaginados y creados.
Parecía más humano a la luz doliente del amanecer.
A pesar de todo, su sonrisa, no se le borraba de al cara.
Obscenamente delineada.
Me ofrecía un edén a cuenta corriente.
Es imposible ser pesimista en una aurora de otoño. Es el último de los absurdos. El camino de adiós, sin reparos, sin perdón.
Sin darme cuenta, mis pensamientos volaron por lugares herméticos y arcanos. Laberintos de suplencias y culpas, el hombre sentado frente a mí ¿Había sido siempre feliz?
Nunca lo sabré.
El fastidioso rumor del ferrocarril tomaba su ritmo. El paisaje también. Tantos días de soledad iguales al frió entrometido del otoño. Una soledad irreverente. Un frío irrespetuoso.
Todo parecía más triste.
Los pasajeros comenzaron ha despertarse. En un momento todo el tren era una correría de niños llorosos y sucios, mujeres al borde del desaliento, hombres abatidos por los años y la rutina, asfixiante y cotidiana. No deseaba estar en medio de esa parodia grotesca. Viajar en clase turista es estar metido en la miseria más honda.
Él estaba entre dormido, amodorrado, casi no habría los ojos, se veía derrotado. Era una apreciación mía.
Al rato, se levanto. Fue al baño. Como un rito. Volvió con agua caliente, se preparo un café. Me ofreció. No acepte. Se lo tomo de un sorbo. Sin saborearlo.
El maquinista hizo sonar el silbato, daba la señal que llegábamos a un pueblo, o a algún lugar importante. Disminuyo la marcha.
Gómez tomó su bolso.
— Adiós, amigo, gracias por la compañía.
Se fue con su sonrisa. Al otro lado del terraplén, una niña ciega, con su ovejero alemán, que movía la cola, esperaba a alguien.
Casi caía el mediodía.
Comprendí la sonrisa en el rostro de Gómez.


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
27/11/07 | 16:22: Marcelo dice:
Hola Faby Gracias por tus palabras. Es cierto lo que dices sobre las críticas. Tengo mis propias críticas a las críticas, por eso aprendí que el escribir es un oficio del alma, que a veces es genial y otras es trivial, cursi, como quieras llamarlo, tampoco se tiene la obligación de ver “lo negro” siempre, eso es subjetivo, te pudo ir pésimo en la oficina, se te paso el colectivo, el portero del edificio te dice que no hay agua, hasta ahí tu humor es de perros, pero al entrar a tu hogar una tierna sonrisa de un ser amado o el simple cariño de tu mascota te “da vuelta la cabeza”, si eso es ser “meloso” si efectivamente soy muy, muy meloso, y estoy feliz con ello, sino se me haría la vida muy difícil. Y si, las letras son nuestras, sean las letras que sean, estoy de acuerdo que el realismo en demasía da miedo… es el periodismo amarillo… es el cotidiano del noticiero que nos muestra el cadáver del pobre tipo atropellado…es la sexualidad sin pudor…es la promiscuidad del poder…, pero a veces es bueno cuando se escribo algún ingrediente del mundo real, pero mezclo la magia de mi propio mundo en un mundo deseado o imaginado. Ignoro si el escritor real (yo no lo soy) crea mundos imaginados o de fantasías, en mi caso, si. En general me refugio en las bellas letras de los poetas o en la magia de mis mundos porque justamente me estimulan la imaginación, sean o no melosos, sinceramente me tiene completamente sin cuidado, es mi goce. De nuevo gracias por tus sabias palabras. Saludos Marcelo
mdgc2010@gmail.com
 
25/11/07 | 17:38: faby dice:
Bien Marcelo, me gustó tu historia y me atrevo a decirte que para el que escribe las criticas a veces pueden servir otras no ,porque el escrito de uno es lo que sale en ese momento y es por algo, porque lo siente, además si hay algo meloso en el mundo son los poemas y esta BARBARO. Cada uno es dueño de sus letras, que los demás podamos interpretar lo que quieres decir ya es nuestro problema. Pero a veces me da un poquitín de miedo cuando pretendemos mostrar tanta realidad, tanto de tanto, es más el que escribe vive en un mundo único y eso es lo maravilloso, para que escribir cosas que vemos todos los días o nos espantan en la televisión. Creemos un mundo de fantasías y de mundos encantados, tal vez nuetros jóvenes y niños regresen a activar el motor de la imaginación, no todo debe ser tan cuadrado, ni guionado. Saludos. "Lo esencial es invisible a los ojos".
fabianafaisal@hotmail.com
 
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